Dibujo

La línea piensa en azul

Vuelo rasante, por Pablo Thiago Rocca

En las figuras de trazo único de Verónica Artagaveytia el lápiz caracolea sin despegarse de la hoja. Siempre a punto de decolar, ensaya una serie de piruetas ensimismadas para culminar en una caída icariana que no es caída propiamente, sino una forma de salirse del mapa. Entre el instante en que se inaugura el trazo y ese salirse del mapa –cuando el grafo o la pluma se despega definitivamente del papel– hay un único gesto que es al mismo tiempo una danza de la mano y una cifra de la cosa representada. Desde el punto de vista técnico, el dibujo de trazo único y mano alzada se basa más que otros en el movimiento circular de la muñeca. No es de extrañar, por ello, que la figura emblemática de la artista haya devenido en la espiral. Pero esta cuestión de pericia formal no explica ni abarca la elección simbólica: dependiendo de la dirección del trazo la espiral es  desarollo  o introspección, evolución o retraimiento. En ambos casos supone una forma    de   evitar los obstáculos. La espiral no es económica en el sentido euclidiano del camino más rápido para conectar dos puntos: es una corriente   placentera y   gravitatoria que retrasa la velocidad de la caída y reduce el esfuerzo en la pendiente. Es económica, pues, en el sentido natural en que “resuelve” el espacio. Por eso Calder y Hundertwasser admiraron esta figura con obsesión borgiana. Verónica A. no piensa en nada de esto mientras dibuja, pero cuando esboza un potrillo galopando la oscilación de la mano acompasa el trote del animal, la línea se angosta y se ensancha buscando una empatía vital con lo representado y ambas –las patas del caballo, la mano de la mujer– comulgan en un sólo movimiento real. La estili-zación, la creciente síntesis y abstracción de algunos de sus formidables desnudos – “Casi un auténtico Matisse” titula con ironía uno de ellos– o de “las locas de Moyano”, empuja a los seres a su extremidad. A ser extremada-mente algo que son ellos mismos como posibilidad o como destino. La inclinación al esperpento –que ha incursionado en el pasado en las performances y acciones callejeras– es otra variante de esa extremidad que encuentra en los maestros europeos –Bruegel, Goya, Daumier, Bacon–una excusa histórica Verónica A. no piensa en nada de esto mientras dibuja. Por su espontaneidad y ligereza, todos sus bocetos son también una forma del autorretrato: se dibuja a sí misma a través de lo que mira. Corceles, aves,  rostros, cuerpos   desnudos, son una forma de “decir” lo que le está sucediendo a la cosa representada mientras ésta nos “dice” lo que está pasando con uno. Es como un encuentro en un vuelo rasante: no hay tiempo para despedidas, sólo para el asombro.

Pablo Thiago Rocca. Salinas, octubre de 2006.